Miguel regresó a Porto Alegre con Boca, donde ganó la Libertadores 2007, y también hubo triunfo por 1-0, pero el DT quedó con la espina por no haber metido un gol más. Seguir leyendo...

 

A Miguel Russo le gusta Porto Alegre. Le sienta bien. La última vez que había estado con Boca había sido en la final de la Copa Libertadores 2007, cuando le ganó 2-0 a Gremio y se consagró campeón de América con ese equipazo que tenía a Riquelme, Banega, Palacio y Palermo. “Es algo que queda en mi recuerdo permanente, pero ahora es otra cosa”, dijo hace varios días. Sin embargo, en su regreso a la capital del estado de Rio Grande do Sul, ahora contra el rival de la otra vereda del fútbol del sur de Brasil, volvió a conseguir un triunfo importante en el partido de ida de los octavos de final, con el 1-0 ante Internacional. El patio de su casa.


“Con la tranquilidad de que más allá de algún error y viendo la cancha, estoy muy contento por el rendimiento de Boca. Podríamos habernos llevado algún gol más, pero la idea es jugar de local y visitante de la mima manera”, arrancó el DT en la conferencia de prensa, pasada la medianoche. Y agregó: “Nos llevamos un triunfo en 90 minutos, nos quedan los otros 90 para consolidarnos”.

Sin su saco y camiseta habitual por la lluvia, con campera deportiva blanca y pantalón azul, Russo estuvo muy activo junto a la línea, gritó, dio indicaciones, reclamó todo, levantó los brazos, los agitó y lamentó algunas acciones sin buen final de Villa. Pero a fin de cuentas se fue conforme con la victoria de visitante. “Hicimos un desgaste importante. Al final el rival con la desesperación tuvo alguna situación, pero Boca podría haberlo definido mucho antes”, explicó el entrenador, insistiendo con la idea de la falta de puntería.

Russo, que volvió a los partidos de Boca de visitante después de quedarse en Argentina por prevención en los dos últimos de la fase de grupos, además contó que Salvio aguantó bien la cancha pesada en su regreso de la lesión y que salió “por precaución”, y valoró en buen nivel de Villa (“creciendo, progresando”), aunque marcó la diferencia de ritmo entre los equipos argentinos y los brasileños, que volvieron mucho antes a la competencia tras la pandemia. Menos mal...